Durante meses, la plataforma clínica que cofundé mostraba a los profesionales sanitarios un porcentaje de confianza junto a cada hipótesis diagnóstica. Un número aparentemente inocente, entre 85 y 95, que subía y bajaba lo justo para parecer vivo.
Era mentira. No en el sentido de que alguien lo falsificara, sino en uno peor: nadie había comprobado nunca que midiera algo. Cuando por fin lo audité, resultó que ese 92% no venía del modelo de aprendizaje automático que creíamos, sino de una fórmula que sumaba un valor fijo y un ratio de completitud del cuestionario. Estaba saturada: a partir de cierto punto, daba prácticamente lo mismo pasara lo que pasara.
Porque mostrar un porcentaje es trivial y calibrarlo es difícil, y en el medio hay una trampa cómoda: el número queda bien en la interfaz, el cliente lo pide, y como nadie sabe cuál sería el valor correcto, tampoco nadie detecta que el que hay no lo es.
Los orígenes habituales de un porcentaje que no significa nada:
base + ratio * peso hace dos años para salir del paso y ahí sigue, saturada y sin dueño.El cuarto caso es el más traicionero, porque el sistema tiene un componente correcto que no llega a intervenir. La interfaz incluso dice qué modelo se usó, y esa etiqueta también miente.
No hace falta ciencia de datos. Tres pruebas bastan para saber si tu porcentaje mide algo:
Esta última prueba es la única que importa de verdad, y es también la que casi nadie hace, porque exige tener casos con la respuesta correcta anotada. Es decir, exige haber construido una batería de evaluación, que es la pieza que falta en la mayoría de proyectos.
Lo primero es dejar de mostrarlo. Suena drástico y es lo correcto: un número inventado es peor que ningún número, porque el usuario toma decisiones con él. En un contexto clínico, legal o financiero, esa falsa precisión es directamente un riesgo.
Nosotros lo ocultamos el mismo día. Después, en lugar de correr a calibrar un porcentaje, cambiamos el enfoque:
Lo que más me marcó de esta historia no fue el error, que era pequeño y fácil de arreglar. Fue cuánto tiempo estuvo delante de todos sin que nadie lo mirase. El número aparecía en cada informe, se enseñaba en cada demostración, y nadie preguntó de dónde salía porque parecía razonable.
Los fallos de los sistemas de IA casi nunca hacen ruido. No hay error en los registros ni alerta en el panel: la respuesta llega, parece sensata y es incorrecta. Por eso hay que ir a buscarlos, y por eso hay que medir en lugar de mirar.
Cuéntame qué sistema tienes. Te digo cómo comprobarlo y, si hace falta, lo medimos juntos con casos reales.